“El talento consiste en cómo vive uno la vida” Ernest Hemingway @rafaborbolla

Hemingway

Rafael Martínez de la Borbolla @rafaborbolla

 

“El talento consiste en cómo vive uno la vida.”Ernest Hemigway.

 

Ernest Hemingway fue un hombre de excesos, no hay equilibrio: el negro es muy negro y el blanco muy blanco. Un hombre de pasiones: los toros, la pesca, la caza, las mujeres, la bebida, España y Cuba, esos son sus grandes amores y toda su obra se centrara sobre esos países integrando el drama humano en su expresión más simple, profunda y sencilla.

 

El premio Nobel de Literatura 1954, nació el 21 de julio del año 1899, en Oak Park, Illinois. Hijo de un prestigiado médico y de una amante de la música, estudió en el Oak Park and River Forest High School, donde aprendió a tocar el violonchelo y se hizo aficionado al boxeo. Al acabar sus estudios, en 1917, quizá como rebeldía contra su padre no prosiguió con sus estudios Universitarios, por lo que se trasladó a Kansas y comenzó a trabajar como reportero del Kansas City Star.

 

Al entrar Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, Hemingway intentó alistarse como soldado, pero un defecto en un ojo le obligó a aceptar el puesto de conductor de ambulancias de la Cruz Roja. En mayo del 1918 se trasladó a Italia, donde fue herido de gravedad por la artillería austriaca. Con las piernas heridas, consiguió cargar a hombros a un soldado italiano para ponerle a salvo. La heroicidad le valió el reconocimiento del gobierno italiano con la Medalla de Plata al Valor. Durante su recuperación en el hospital de Milán, se enamoró de una joven enfermera, Agnes von Kurowsky, quien le abandonó poco después al enamorarse de un oficial. Desolado regresó a Estados Unidos en enero de 1919, reanudó su trabajo como periodista en el Toronto Star y como redactor del mensual Cooperative Commonwealth. Se casó con la que sería su primera de cuatro esposas, Elizabeth Hadley Richardson, 8 años mayor que él, el 3 de septiembre de 1920, con quien se muda a Paris, donde los escritores exiliados Ezra Pound y Gertrude Stein le da cobijo, animándole a escribir novelas.

 

En 1926 publico su primer triunfo literario “Fiesta”, donde narra la historia de un grupo de estadounidenses y británicos que vagan sin rumbo fijo por Francia y España, miembros de la llamada generación perdida del periodo posterior a la I Guerra Mundial. En 1929 publicó su segunda novela importante, “Adiós a las armas”, conmovedora historia autobiográfica de un amor entre un oficial estadounidense del servicio de ambulancias y una enfermera inglesa que se desarrolla en Italia durante la guerra. Por su ritmo sostenido e inexorable, su preocupación por la carne, la sangre y los nervios, más que por las divagaciones del intelecto, “Adiós a las armas” es una de las más grandes novelas del siglo. Su cualidad está en el impulso profundamente humano del héroe de abandonar el campo de batalla para ir a reunirse con la mujer que ama. Frente a un mundo que se desmorona, los amantes de Hemingway están siempre instintivamente juntos. Cuando la violencia hace tambalearse al mundo que no ofrece al hombre ningún punto de apoyo, nada sólido bajo sus pies, el amor es, para los héroes de Hemingway, el supremo refugio, la única religión posible.

 

Para alejarse de las influencias y encontrar su propio estilo decide trasladarse a España, donde de inmediato es hipnotizado por la imagen del valiente y apuesto torero y la fiesta brava. Su libro “Muerte en la Tarde” (1932) es un auténtico tratado para los fanáticos de la tauromaquia y en el nos comparte sus intentos como escritor: “Me esforzaba para aprender el arte de escribir comenzando por las cosas simples, y una de las cosas más simples y fundamentales de todas, es la muerte violenta”.

 

Al estallar la Guerra Civil Española, Hemigway acude de inmediato a ella como corresponsal de guerra, pronto su participación superará la de periodista, se involucra en el conflicto, se sumerge en la causa Republicana, adiestra a jóvenes reclutas en el manejo del fusil, llega a entablar combate en sus visitas al frente, en sus artículos periodistas intuye la derrota de la España Republicana por la falta de disciplina de sus tropas, su poca coordinación y la cada vez mayor influencia, ante las derrotas sufridas en el frente por el bando republicano, del Partido Comunista Español en las decisiones políticas y bélicas, apoyado por la Unión Soviética.

 

Sus experiencias las plasmara en su libro publicado en 1940 “Por quién doblan las campanas” que se convirtió en el éxito rotundo que Hemingway anhelaba desde hacía casi una década. En un año vendió casi un millón de ejemplares y la crítica le dedicó elogios que aspiraban a agotar los superlativos: “El mejor libro que ha escrito Hemingway; el más completo, el más profundo, el más auténtico”, publicó el New York Times. “Por quién doblan las campanas” comienza y termina con Robert Jordan; el norteamericano experto en explosivos quien tiene la encomienda de volar un puente con la ayuda de un grupo de guerrilleros para evitar llegue la ayuda del bando nacionalista en la batalla del Ebro donde la Republica se jugo su ultima carta, pecho a tierra, sintiendo en su cuerpo las agujas de pino del bosque español. Un sombrío presagio rodea la empresa de volar el puente, Jordan llega a sustituir a un dinamitero que cayó en combate; Pilar , la verdadera líder del grupo, lee las líneas de su mano y se niega a decirle su fortuna. En la sierra de Guadarrama, el puente vincula dos tiempos, el pasado que cobró la vida de un hombre y el futuro que amenaza a su sucesor. En forma paralela, Hemingway reconstruye el amplio mural de la Guerra Civil.

 

Sus letras lo traducen. Su búsqueda incansable de algo más allá de la mundanidad plaga cada una de las páginas de sus libros que acuden a humanos en situaciones extremas: la violencia y muerte en las Guerras, el enfrentamiento del hombre con la naturaleza, contra las bestias que temen tanto o más que quien las enfrenta, la terquedad y la obsesión de obtener y mantener la presea buscada. Para Hemingway el verdadero acto heroico es la vida; la muerte llega sola.

 

Todos los héroes de sus novelas retan a la muerte que se muestra en forma de metralla, en las astas de un toro o en fieras salvajes. El escritor construye personajes sin sentimientos, fríos y que viven sin temor; en verdad ocultan debajo de esas máscaras mucha ternura y un gran miedo de continuar existiendo en un mundo en donde predomina la guerra. Hemingway, cuando participó en la guerra civil española y en la primera y segunda guerra mundial, siempre vio a la muerte ensañándose en los otros, y no en él que la buscaba.

 

En su novela el “Viejo y el Mar” por la que obtuvo el Pulitzer Prize en 1953 y que contiene 27,000 palabras, el escenario es un pueblo costero de Cuba. Su protagonista es Santiago, un viejo pescador que se mantiene con lo que gana en su oficio. Al comenzar el relato, hace ochenta y cuatro días que vuelve del mar con las redes vacías, por lo que los padres del pequeño Manolín que el viejo ha venido enseñado a pescar obligan a éste a dejarlo, por lo que ese día el viejo pescador tiene que lanzarse en solitario a la mar, luego de una titánica lucha de dos días y medio vence a un gigantesco pez espada al que ata a su pequeño bote, sólo para perderlo al día siguiente, en otro combate no menos heroico, en las mandíbulas de los voraces tiburones del mar Caribe. Gracias al talento de Hemingway, una anécdota de la vida vulgar y cotidiana se convierte en símbolo del destino de la humanidad que, al igual que el viejo pescador, se empeña en acometer empresas desmesuradas.

 

Pero lo que da su extraordinario horizonte a la aventura del pescador cubano en aquellas aguas tropicales, es que, a manera de ósmosis, el lector percibe en el enfrentamiento del viejo Santiago contra los silentes enemigos que terminarán por derrotarlo, una descripción de algo más constante y universal, el desafío permanente que es la vida para los hombres, y esta enseñanza espartana: que, enfrentándose a estas pruebas con la valentía y la dignidad del pescador del cuento, el ser humano puede alcanzar una grandeza moral, una justificación para su existencia, aunque termine derrotado. Esa es la razón por la que las penalidades de Santiago, al regresar al pueblito de pescadores donde vive con el esqueleto inservible del gran pez devorado por los tiburones, exhausto y con sus manos ensangrentadas, no es un perdedor, sino, por el contrario, alguien que, en la experiencia que acaba de protagonizar, se agigantó moralmente y se superó a sí mismo, trascendiendo las limitaciones físicas y psíquicas del común de los mortales. Su historia es triste pero no pesimista; por el contrario, nos muestra que siempre hay esperanza, que, aun en las peores tribulaciones y reveses, la conducta de un hombre puede mudar la derrota en victoria, y dar sentido a su vida. Santiago, al día siguiente de su retorno, camina digno y con la cara en alto, y eso es lo que hace llorar al niño Manolín, la admiración por el anciano inquebrantable, más todavía que el cariño y la piedad que siente por el hombre que le enseñó a pescar. Este es el sentido de la famosa frase, que Santiago se dice a sí mismo en medio del océano, y que ha pasado a ser la divisa antropológica de Hemingway: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. No todos los hombres, se entiende: sólo aquellos, los héroes de sus ficciones: guerreros, cazadores, toreros, contrabandistas, aventureros de toda suerte y condición, que, como el pescador, están dotados de la virtud emblemática del héroe hemingwayano: el coraje.

 

El incomprendido y sufrido genio de las letras murió en su casa de campo en Ketchum, Idaho, el 2 de julio de 1961, dándose un tiro en la sien al igual que su padre con una de esas armas que tanto amo para liberarse de una enfermedad que le había hecho perder su lucidez y lo mermaba físicamente a diario.

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