“Hoy no respiro” por Juan E. Pardinas @JEPardinas

Hoy no respiro

Juan E. Pardinas

The Shard es el edificio más alto de Londres. La Torre Bancomer es uno de los rascacielos más elevados de la Ciudad de México. Por fuera, las dos construcciones son contundentes ejemplos de arquitectura moderna. Por dentro, los dos rascacielos son radicalmente distintos. The Shard tiene 72 pisos, pero sólo 47 lugares de estacionamiento. El flamante rascacielos chilango tiene 50 pisos y 2,813 lugares de estacionamiento. Cada edificio forja un modelo de urbanismo totalmente distinto.

El problema empieza desde la regulación. Las normas de construcción en la Ciudad de México establecen que los espacios de oficinas deben contar con un cajón de estacionamiento por cada 30 metros cuadrados de construcción. Esto no sólo es un incentivo al uso del coche sino también un obstáculo al desarrollo económico. Un restaurantero chilango no sólo se debe preocupar de la calidad de sus platillos, los precios del menú y la oferta de su competencia, sino también de tener estacionamiento para sus clientes.

El reciente Gran Premio de Fórmula Uno de la Ciudad de México fue un éxito rotundo. El hecho de que el evento no tuviera estacionamiento no mermó la afluencia de público, ni afectó la organización del evento. ¿Dejarías de ir al Auditorio Nacional a ver a tu artista preferido porque no hay estacionamiento? Dificultar o encarecer el acceso a estacionamientos públicos es una manera de reducir los incentivos al uso del coche. Como afirma Enrique Peñalosa, el exitoso alcalde de Bogotá, “el estacionamiento no es un derecho humano es un problema urbano”.

¿En qué ciudad del mundo te gustaría pasar las vacaciones? ¿Nueva York, París o Londres? En cualquiera de estas hermosas metrópolis tener y usar el coche es una onerosa monserga. En Nueva York, el gobierno de la ciudad aplica un impuesto de 18.3% al estacionamiento. Dos horas de estacionamiento en Manhattan pueden llegar a costar 800 pesos. La gente prefiere usar métodos de transporte público o taxi que sufragar y sufrir el traslado en auto propio. En estas ciudades, el transporte público resulta la mejor forma de traslado, sin embargo los precios del Metro o el camión sí reflejan sus costos reales. Un viaje sencillo en el Metro de Londres cuesta aproximadamente 60 pesos con un abono de transporte y en París 28 pesos. En el Metro de la Ciudad de México, la tarifa actual es de 5 pesos por viaje con boleto individual. En un artículo de la revista Nexos, Salvador Medina calcula que para el año 2011 el costo real del Metro de la Ciudad de México era de 10 pesos por viaje. Cualquiera que haya estado en la estación Tacubaya en hora pico sabe por qué la gente que usa el Metro se quiere comprar un coche, y por qué quien anda en automóvil no se quiere bajar de él.

Necesitamos invertir masivamente en transporte público, para salvar a la ciudad de sí misma. ¿El problema político y financiero es de dónde saldría ese dinero? La primera fuente de recursos debe ser el bolsillo de los automovilistas. Si queremos vivir en una ciudad con aire respirable se debe usar un amplio menú de políticas públicas para encarecer el uso del coche y etiquetar esos recursos para el transporte colectivo. A su vez, también se requiere elevar los precios del Metro y el Metrobús para ampliar la infraestructura y mejorar la calidad del servicio.

Salvar al Valle de México de la asfixia implicará tomar medidas muy impopulares. ¿Qué gobernadores estarán dispuestos a crear un impuesto metropolitano a la tenencia o cobrar un peso adicional por litro de gasolina para aumentar la inversión en transporte público? ¿Los ciudadanos estaremos dispuestos a votar y apoyar liderazgos políticos que receten medicinas amargas? Si no queremos pagar más por usar el coche y reconocer costos reales del transporte público, sólo nos queda una alternativa: el programa Hoy no respiro.

 

Foto: Rebecca Blackwell/Associated Press

@JEpardinas publicado el 10 de abril, 2016 por Reforma