“La eternidad por fin comienza un lunes” por Andrés Tapia @Andres_M_Tapia

Por ANDRÉS TAPIA

Una compañía de viajes (Sky Travel), una agencia de relaciones públicas (Porter Novelli) y un académico inglés caído en desgracia (Cliff Arnall), decidieron en el invierno de 2005 que el día más triste del año tendría que tener lugar en enero y ser lunes.

Arnall encontró interesante la propuesta de Sky Travel de tratar de determinar cuándo la gente hace reservaciones para viajar, así como las tendencias de los destinos que eligen. Basándose en factores tales como las condiciones climáticas, el nivel de las deudas contraídas por las personas durante las fiestas decembrinas, el tiempo transcurrido desde el día de Navidad y el tiempo en que se incumplieron los propósitos del nuevo año, entre otros, Arnall desarrolló una ecuación y determinó que el día más triste del año tendría que ser el lunes de la última semana completa de enero (general pero no exclusivamente el tercero), y lo llamó Blue Monday.

Para promover el “estudio” encomendado por Sky Travel, Porter Novelli envió un borrador –de lo que a la postre sería un boletín de prensa– a varios académicos para que lo avalaran, al tiempo que les ofreció dinero si incluían sus nombres en él. Sin embargo, un columnista del periódico The Guardian reveló este hecho y la Universidad de Cardiff (para la cual laboraba Arnall) emitió una declaración semanas más tarde en la que si bien reconocía su relación con el académico, se deslindaba de él afirmando que había dejado de laborar en la institución.

Pero de poco sirvió. El día más triste del año había sido instituido en el Reino Unido y los medios de comunicación –y unos años más tarde las redes sociales– se encargaron de hacerlo extensivo a todo el mundo, sin importar que en los Trópicos, en el Ecuador y en el Hemisferio Sur, privasen otros factores climáticos, sociales y culturales, que en teoría darían al traste con la ecuación y el teorema de Arnall.

Es sólo que si científicamente la premisa de Arnall no resistiría el análisis de un estudiante de química, desde un punto de vista filósofico es fascinante: ¿se puede pesar, medir la melancolía del mundo? Y, si se pudiese, ¿cómo se mediría: en lágrimas, en ausencia de sonrisas, en excesos de desánimo y pesimismo, en la falta de emociones y sentimientos opuestos, o en el número de personas que caminan por todas las ciudades del mundo con las manos dentro de los bolsillos y la mirada fija en las aceras?

Hace mucho tiempo que no observo a una persona triste, o a una persona verdaderamente triste, alguien cuya sola contemplación me convierta en un ser de piedra, como en el mito de Medusa, o en un ser tanto o más triste que ella. Y es así, quizá, porque una vez que se contempla la tristeza, la verdadera tristeza, no hay forma de olvidarla.

La imagen de la tristeza, de la persona más triste del mundo que conservo en mi mente, es la de mi padre. Había ido a visitarle a la ciudad mexicana de Guadalajara, luego de 12 o 13 años de no haberle visto, y cuando me despedí de él le miré vencido, con las manos apretadas entre sus rodillas, la espalda encorvada, la mirada fija en el suelo. Quizá había lágrimas en sus ojos, lágrimas que no vi derramarse, pero estoy cierto que las lágrimas que se contienen revelan mucho más que aquellas que se expulsan.

Al igual que en aquel maravilloso y lapidario verso que Joan Manuel Serrat ocultó en la letra de “Sinceramente tuyo” (“Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”), la verdadera tristeza no tiene remedio. Y no lo tiene porque implica la aceptación de que algo que se era, o que se tenía, no podrá volver a serse o recuperarse jamás.

Volví de Guadalajara a la Ciudad de México con aquella imagen de mi padre en la mochila de mi memoria, sin saber que aquella sería la última vez que lo vería con vida. Cuando regresé siete años más tarde a reconocer su cadáver en un anfiteatro, me supe poseedor de un verdadero parámetro de la tristeza: un instrumento inmaterial y en consecuencia inasible, del que no se valió Cliff Arnall para calcular el día más triste del año.

Como cualquier otra persona, los lunes no son precisamente mi día favorito. Se vuelve al trabajo, a la rutina, a las batallas simples y tiránicas de los días comunes. Quizá por ello un alto porcentaje de los suicidas en el mundo, eligen los días lunes para abandonarlo (sin más, el fiscal argentino Alberto Nisman decidió matarse el pasado Blue Monday… o sus asesinos eligieron una fecha muy propicia).

El 12 de febrero del año 1968 fue un lunes; ese día nací. El mío fue un parto natural, como el de la mayoría de mi generación –las césareas se pondrían de moda algunos años más tarde–. Supongo que fue un día feliz, al menos para mis padres, que ese ominoso y depresivo lunes en el que el periódico The New York Times daba cuenta en su primera plana que, en un periodo de 12 días, 2,119 soldados de Vietnam del Sur y 973 estadounidenses habían muerto, recibieron a su primer hijo.

Por la rigidez y el estado de descomposición que observaba, un médico forense determinó que mi padre murió en algún momento del lunes 8 de abril del año 2002; su cadáver sería descubierto unos días más tarde.

Algún tiempo después, no puedo precisar cuánto, descubrí una novela con un título extraordinario, extraído de un verso de un poema de Eliseo Diego, padre de Eliseo Alberto, autor de la misma:La eternidad por fin comienza un lunes.

En ese verso y en ese poema, a diferencia de Cliff Arnall, cifro y descifro la ecuación de la tristeza: la inevitable, la más densa, la que no se desvanece… sea lunes, jueves o domingo. Y a pesar de ello, y de todo, es una tristeza feliz.

Comienza un lunes

La eternidad por fin comienza un lunes

y el día siguiente apenas tiene nombre

y el otro es el oscuro, el abolido.

Y en él se apagan todos los murmullos

y aquel rostro que amábamos se esfuma

y en vano es ya la espera, nadie viene.

La eternidad ignora las costumbres,

le da lo mismo rojo que azul tierno,

se inclina al gris, al humo, a la ceniza.

Nombre y fecha tú grabas en un mármol,

los roza displicente con el hombro,

ni un montoncillo de amargura deja.

Y sin embargo, ves, me aferro al lunes

y al día siguiente doy el nombre tuyo

y con la punta del cigarro escribo

en plena oscuridad: aquí he vivido.

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