“La meritocracia de los miserables” por Andrés Tapia @Andres_M_Tapia

Por ANDRÉS TAPIA // Ilustración: PAUL POPE

Hace algunos años, una tarde del verano de 1995, justo una semana antes de que mi amigo Iván Rivera contrajese matrimonio, su padre, Héctor Rivera, en medio de una orgía de ron y coca-colas, nos relató una historia fascinante.

Un buscador de talentos estadounidense le había contactado, a él y otros profesionistas, hombres y mujeres, para introducir en México la marca de cigarrillos Marlboro, propiedad de la transnacional Philip Morris.

La selección de los miembros del proyecto, ecléctica a no dudarlo, parecía, por lo mismo, el primer borrador de la cintaThe Dirty Dozen (1967), una película bélica en la que un grupo de ex presidiarios es elegido para llevar a cabo una misión suicida en Francia: infiltrarse en una mansión en Rennes, Brittany, y asesinar a una serie de altos oficiales nazis, para debilitar así la capacidad operativa de Alemania en vísperas del Día D.

Aquel era un grupo de no más de diez personas formado por administradores de empresas, publicistas, médicos, contadores e incluso un notable tenista mexicano, Rafael Osuna. Pero, desde un punto de vista sociológico, tal diversidad parecía ominosa y destinada al fracaso.

Héctor Rivera, entonces (la segunda mitad de lá década de 1960), vivía en el estado de Sinaloa, en el norte de del país, tenía tres hijos pequeños, uno más a punto de nacer, y se enfrentaba a la disyuntiva de volver a la Ciudad de México, de la cual había partido para hacerse de un buen empleo en la ciudad de Culiacán. La paga que le ofrecieron era tan generosa que no había manera de rechazarla.

Cuando arribó al aeropuerto de la Ciudad de México, un hombre le recibió y le entregó unas llaves. “¿Qué es esto?”, preguntó Rivera. “Las llaves de su auto”, respondió su interlocutor, y le señaló un automóvil último modelo estacionado frente a ellos. “Le contactaremos pronto”, añadió lacónico antes de marcharse.

Rivera y su familia tuvieron tiempo para instalarse en un barrio del sur de la Ciudad de México. Al poco tiempo comenzaron las reuniones, las cuales eran presididas por un individuo que por su forma de comportarse parecía un agente de la CIA. Paulatinamente recibieron información e instrucciones de la compañía, así como directrices muy puntuales de la misión que tendrían que realizar. Cuando esa suerte de capacitación hubo concluido, aquel hombre les espetó amenazante: “Disponen de cuatro años y un presupuesto ilimitado para comenzar a generar ganancias, después de eso no pueden perder un solo centavo”.

Con un Cuba Libre en la mano izquierda, y un Marlboro entre el índice y el cordial de la derecha, aquella tarde Rivera nos contó que en menos de dos años consiguieron completar la misión, amén de haber jugado un papel clave en la exitosa campaña publicitaria orquestada por Leo Burnett, toda vez que contrataron a un entrenador holandés de caballos percherones, los cuales formaron parte de los anuncios del llamado “Marlboro Man”.

¿Qué fue lo que vieron los ejecutivos de Philip Morris –¿y cómo demonios lo hicieron?– en ese grupo que consiguió hacer que Marlboro fuese un negocio rentable y años más tarde la marca número uno de cigarrillos en México? Sólo ellos lo saben. Más aun: ¿qué fue lo que vieron en cada uno de ellos y, a partir de su individualidad, intuyeron que reunirlos era una apuesta no sólo confiable sino ganadora?

Cuando se lo pregunté al padre de mi amigo, un hombre culto e inteligente, respondió: “No lo sé, la soberbia o la ausencia de cada ego era tal, que tendríamos que habernos matado unos a otros… pero no lo hicimos”.

La historia de la introducción de los cigarrillos Marlboro a México, no sólo supone para mí un episodio fascinante en términos de narrativa oral y una historia periodística extraordinaria en el ámbito de los negocios: es, también, uno de los ejemplos más logrados de la llamada hoy en día meritocracia, una variación moderna de lo que en los tiempos clásicos de la Antigua Grecia fue conocido como aristocracia, es decir: el gobierno de los mejores.

Y también es un accidente maravilloso, algo que no ocurre frecuentemente en México.

El Estado mexicano, el que gobierna al país, así como sus opositores, que en mayor o menor medida también han sido, o son, gobernantes, no está formado por los mejores, sino por los más afortunados. Sin embargo, ser afortunado es, también, una tara de la aristocracia, que al estar constituida por los mejores prohijó, a un mismo tiempo, seres condescendientes, laxos y soberbios, individuos que no harían más, por sí mismos o por los otros, puesto que son desciendentes de los mejores –o tan sólo de los más afortunados.

Los políticos mexicanos –de izquierda, derecha, de centro o incluso del infinito y más allá–, no suelen citar en sus discursos o alocuciones a personajes o máximas históricas. Y no lo hacen no porque no quieran (ni tampoco porque no quieran sus esbirros), sino simplemente porque los desconocen. Y los desconocen porque poco les importa la historia: una materia apasionante, pero complicada que supone leer muchos libros. Y los políticos mexicanos tienen tiempo para todo, excepto para leer que, hoy en día, es un acto absolutamente banal.

Hace unos años, un narcotraficante y asesino mexicano fue arrestado por sus crímenes. Se le realizó un interrogatorio que fue filmado y, posteriormente, expuesto públicamente. El criminal relató haber tenido instrucción policial y militar en México, amén de haber formado parte de la Escuela Kaibil, el nombre folclórico con el que el gobierno de Guatemala decidió nombrar al otrora Centro de Adiestramiento y Operaciones Especiales. Y no fue lo único. También contó que, cada mañana, leía varios periódicos, con el propósito de mantenerse informado y proceder en consecuencia.

En términos generales en México no existe una meritocracia, excepto en una industria. Y no es una industria legal.

Hace un tiempo, el guardaespaldas de un importante empresario con el que trabajé –un hombre que nació en el mismo pueblo que Joaquín Guzmán Loera, ex líder del Cártel de Sinaloa, hoy preso–, me contó que dentro de su familia había gente que trabajaba para los “buenos”, y gente que trabajaba para los “malos”. Que por tal motivo, cuando se reunían como familia, lo hacían en un sitio neutral, donde ninguno de los dos bandos tuviese ventaja. Y que tal circunstancia había sido determinada por los jefes de los grandes cárteles, personas inteligentes, muy inteligentes, que sabían que la confrontación no los conducía a nada.

Hoy los jefes de los grandes cárteles mexicanos están muertos o en prisión. Sus sucesores se disputan, a partir de la suposición de que son herederos de la aristocracia del narcotráfico, el liderazgo de los mismos partir de una premisa retorcida y abominable: “A más asesinados y de la forma más cruel, más respeto y poder obtendré”.

Héctor Rivera, el padre de uno de mis mejores amigos, se está muriendo. Y tan sólo se muere porque la muerte es parte de la vida.

A casi 20 años de distancia, nunca olvidaré esa borrachera en la que, sin proponérselo, me enseñó que un grupo de gente sin afinidades, siempre y cuando sean los mejores, puede llevar a cabo la misión más complicada.

Lo más triste de todo esto es que hoy los mejores en México son los hijos de puta.

Y su “meritocracia” la que rige los destinos de este país miserable.