“Eat, Pray, Cry” por Alexis de Anda @alexisdeonda #México

EAT, PRAY, CRY

“Estoy sentada en un restaurante de okonomiyaki viendo las fotos del menú porque leerlo es simplemente imposible. Sería más fácil leer la receta médica de un doctor con parkinson. El okonomiyaki es una crepa de fideos rellena de carne y verduras y cubierta de mayonesa y salsa agridulce. Increíble y rarísima como todo en este país. Creo que es la tercera vez en mi vida que como sola en un restaurante en lo que llevo de vida. “Sola”, una palabra que no había entendido realmente hasta que me encontré del otro lado del mundo escuchando un idioma del que no entiendo absolutamente nada más que “konichiwa” y “arigato”. Existen retiros budistas en los que está prohibido hablar durante dos semanas o más. Lo que estoy viviendo es muy parecido con la excepción de que los demás hablan pero yo no entiendo nada. Escucho conversaciones que suenan interesantísimas pero no hay manera de que sepa de qué van. Solo escucho cadencias, inflexiones y tonos que indican que una mujer está hablando de un hombre. Esas cosas siempre se saben cuando eres mujer, no importa el idioma. Me encantaría saber qué es lo que dicen y poder responder pero sólo puedo sonreír y decir “arigato” e inclinar la cabeza para mostrar agradecimiento. Nunca había pasado tanto tiempo sin hablar y eso que sólo llevo un día sola. No sé en qué momento pensé que iba a ser divertido. No es que sea malo pero es muy difícil, muy desolador. En mi cabeza iba a ser un viaje de introspección y redescubrimiento, como si fuera Julia Roberts en “Eat, Pray, Love”. Me imaginaba como Scarlett Johansson caminando por las calles de Tokio, melancólica y poética. En realidad sólo soy una turista sudorosa con un mapa arrugado en la mano, con callos en los pies de tanto caminar y que se está quedando sin calzones limpios. Debí de haberlos lavado cuando mi mamá me dijo. Tan cerca y tan lejos de Lost in Translation.”

Esto lo escribí el primer día de los doce que pasé sola en Japón. La sensación de soledad permaneció conmigo todo el tiempo y no siempre fue divertido. Claro que fue un viaje que me abrió más los ojos (irónicamente) al mundo. Claro que me comprobé a mí misma mi valor y sentido de aventura. Claro que vi cosas que jamás olvidaré ni encontraría en ningún otro lugar del mundo. Claro. Todo eso es cierto. Pero aún así la soledad fue muy fuerte. Sobre todo para una persona como yo que no sólo está acostumbrada, sino que necesita ser el centro de atención constantemente. Y a la que no le para la boca un segundo. Supongo que hay gente que disfruta mucho de viajar sola. Yo ya lo hice, ya lo viví y sólo puedo decir que Chris McCandless (o el güey de la película de Into the Wild) tenía razón “la felicidad sólo es real cuando es compartida”. Fue un gran reto para mí el permanecer tanto tiempo en silencio, al punto en el que hablaba conmigo misma o con los animales que me iba encontrando en el viaje. ¿Sabían que en Japón hay una isla llena de conejos? Pues la hay. Se llama Okunoshima. Yo fui y platiqué con los conejos… Como una loca. Hablé con conejos, venados, focas, gatos, peces… ¿Pero con humanos? Solamente tres. Igual fue un gran experimento el enajenarme completamente de todo lo conocido y lo familiar. Es surreal encontrarse en una situación en la que no entiendes absolutamente nada. Y es un viaje que llevaré conmigo toda la vida.

Japón es increíble. Sí que han sabido hacerlo bien en esta isla. Todo es tan limpio que hasta podrías lamer el piso del metro sin preocuparte. No hay basura en ningún lado. Increíblemente tampoco hay basureros. Y cuando logras encontrar uno son minúsculos como para una casita de muñecas. Minúsculos como sus viejitas que de tanta reverencia yo creo que se quedaron dobladas a la mitad porque caminan con la espalda en noventa grados. La gente es hermosa en este país. Todos son amables, sonríen y te reverencian como si fueras el emperador. Hasta en el McDonalds te reciben con reverencias. Es una locura. Te ayudan cómo puedan aunque no entiendan nada de lo que estás diciendo. Un día mientras escribía una mujer fue a destaparme una salsa que no podía echarle a mi bola de arroz porque se dio cuenta de que soy una bestia occidental. El día que llegué a Tokio no encontraba mi hotel y una chica me llevó con su Google Maps y hasta me hizo el check in. Son un amor. Son educados y viven bajo la mentalidad de trabajar en equipo y construir por el bien común. Han sido un país atacado por mil y un desgracias: terremotos, bombas atómicas, guerras y tsunamis, y han sabido sobreponerse a todo sin armar más desmadre. Se callan la boca y trabajan. Sonríen, sonríen todo el tiempo y te miran a los ojos. Algo que en México rara vez hacemos.

En Tokio, a pesar de ser millones se mueven con absoluta armonía, como cardúmenes de peces. Cuando apenas llegué sentía que estorbaba en todas partes y que no sabía para dónde ir pero cuando regresé a Tokio me di cuenta de que me movía con la misma fluidez que ellos. Ya había entendido su ritmo. El mejor ejemplo de esto es el cruce de Shibuya que es el más transitado del mundo entero. Todo el mundo pasa y nadie hace un desmadre. No escuchas un solo grito ni un claxon. Sólo silencio y paz entre esos miles de ojitos rasgados. Jamás sientes un empujón o un codazo aunque sea hora pico en el metro y tu maleta ocupe el lugar de tres japonesas. Son flacas, las cabronas. Con buena pantorrilla pero sin caderas. Les gusta usar pantalones plisados para dar la ilusión de que hay curvas en sus cuerpos pero por más fideos que coman no engordan nada. Todos en Tokio se visten muy bien, son súper elegantes. Conforme cambias de ciudad eso también va cambiando. Por ejemplo, Osaka es más tipo Pericoapa. Son más nacos y ruidosos. En Kyoto todo es paz. Ahí hay más templos que iglesias en Cholula. Lo más increíble que viví fue ir a las islas de Teshima y Naoshima, un par de islas pesqueras que convirtieron en islas/museo. En Naoshima hay varios museos con piezas increíbles de James Turrell, Walter de Maria, Monet y demás. En Teshima está  el Teshima Art Museum que es una pieza/museo que no existen palabras para describir. Simplemente no hay palabras. Búsquenla en internet o mejor vayan si pueden. Pero intentar explicarlo sería muy tonto de mi parte.

En general fue una experiencia muy intensa. Vi, vivi y sentí de todo. Estuve en una de las ciudades más pobladas del mundo y en pueblos de cinco cuadras, dormí en el piso 62 de un hotel cinco estrellas y en una cápsula del tamaño de un sleeping bag. Vi la tecnología más avanzada pasar frente a mis ojos mientras viajaba en un shinkansen (tren bala) y vi miles de años de tradición perfectamente conservada en un Buda gigantesco en un templo aún más gigantesco en Nara. Fui muy feliz. Soy muy feliz de haber tenido la suerte de experimentar todo esto. Pero a veces sólo necesitaba sentarme a llorar en un parque. Llorar porque el mundo es demasiado grande y demasiado bello como para absorberlo todo y no poder compartirlo. Llorar porque a pesar de estar en uno de los lugares más hermosos que existen en el mundo, lo que más amo respira y vive del otro lado del mundo en ese hermoso y enorme basurero llamado Distrito Federal.