“El amor tiene mil significados” por Alexis de Anda @alexisdeonda #HelloDF

El amor va tomando nuevos significados con el tiempo, o por lo menos debería. No quisiera tener treinta y pensar que Charly de Magneto sigue siendo el amor de mi vida. Quién sabe cómo es que cada uno de nosotros llegamos a consolidar el concepto “amor” y lo que nos significa. Mucho tiene que ver con los papás que nos tocaron (Mejor dicho, con cómo nos relacionamos con nuestros papás. Espero que sus papás nunca los hayan tocado. Eso sí jode a la gente.), las películas románticas que hemos visto, las telenovelas, las canciones que escuchamos… En el fondo nuestro concepto personal del amor tiene que ver con cómo y qué tanto nos amamos a nosotros mismos, pero eso es mucho más difícil de analizar mientras te tomas un frapuccino con tus amigas en el Starbucks.

Mi primera idea del amor fue mi papá. Como cualquier niña chiquita estaba perdidamente enamorada de él. Era mi héroe, lo sigue siendo. Y le agradezco todas las patadas en los huevos que tuvo que soportar en las madrugadas por dejarme dormir en su cama. Conforme fui creciendo empecé a fijarme en hombres más cercanos a mi edad y que no fueran mi progenitor. Cualquier niño que tuviera el más ligero parecido a Jonathan Taylor Thomas o a los Hanson hacía que mi corazón se acelerara. Básicamente cualquier niño que pareciera niña. Todo era inocencia y hablar en Messenger o por teléfono era a lo más que llegaban mis pubertos intentos de encontrar a mi alma gemela.

Uno tiene que arriesgarse para encontrar el verdadero significado del amor. Hay que enloquecer de vez en cuando. Yo he perdido la razón un par de veces y qué bueno. Al final he sacado muy buenas historias al respecto. Cuando tenía 16 estaba en el Alebrije de Acapulco gozando de vivir en un país dónde puedes entrar a los antros aunque apenas te haya bajado. En mi camino se cruzó un hombre guapísimo, el más guapo que había visto en mis 16 años de existencia. No lo volví a ver en toda la noche hasta las 2 de la mañana cuando un gordo intentaba ligarme y él llegó, me agarró de la mano y me llevó con él. Estaba enamorada. No había nada qué hacer al respecto. Esa noche platicamos como 10 minutos y consumamos nuestro amor fajoneando afuera de los baños unisex mientras una mujer vomitaba junto a nosotros. Ni Sheakspeare lo podría haber escrito mejor. Cuando salimos él prometió hablarme y yo le creí. Nunca lo hizo. Pasé todo un año buscándolo por todas partes, completamente desesperada de haber perdido al amor de mi vida tan rápidamente. ¿Cómo sabía que lo amaba? Era demasiado guapo para no amarlo. No necesitaba saber más. Un día, cuando había abandonado toda esperanza, me lo encontré de frente mientras entraba al baño de un antro. (Los baños de los antros vieron este romance florecer.) Platicamos un poco, me volvió a pedir mi teléfono y prometió llamar. ¡Esta vez lo hizo! Dijo que iría a visitarme a mi casa el domingo en la noche. ¡Yo no podía contenerme de los nervios! Cuando llegó salí a recibirlo y me di cuenta de que no venía en coche ni en taxi. Le pregunté cómo había llegado y me dijo “Caminando. Vivo cruzando la calle.”. ¡Cruzando a calle! ¡Todo este tiempo yo buscándolo abajo de las piedras y vivía cruzando la calle! Pero ya nada importaba. Por fin estaba ahí. Entonces me dijo “Mañana me voy a vivir a Nueva York”. Mi corazón se paralizó. Una vez más estaba perdiendo al amor de mi vida. Platicamos un rato y nos besuqueamos otro más y lo vi irse creyendo que nunca regresaría. Lo volví a encontrar años después en Cuernavaca y después de una noche de borrachera y un alcoholizado intento de consumar nuestro amor (que evidentemente fue imposible porque el alcohol es el mejor amigo de la impotencia) me despedí de él para regresar al DF. Pero días después decidí que era hora de hacer algo. Iba a ir a visitarlo. Ahora vivía en Los Ángeles. Compré un vuelo a Tijuana y lo llamé diciéndole muy casualmente que iba a visitar a unos amigos a Tijuana y que podía pasar a verlo aprovechando la ocasión. Me dijo que estaba bien. Así que hice mis maletas y fui en busca del amor de mi vida. Después de un par de días en Tijuana tomé un tren de San Diego a Los Ángeles a dónde llegué alrededor de la 1 de la mañana. No tenía cómo comunicarme con él pero tenía la dirección que me había dado. Tomé un taxi y al llegar a la dirección vi que no era una casa. Parecían negocios abandonados, todo estaba apagado. No había gente por ningún lado. El taxista fue lo suficientemente amable para prestarme su celular y lo llamé y me dijo que le diera la vuelta al  lugar, que estaba atrás. Entonces lo vi. Mis piernas temblaban por los nervios y el cansancio y el estrés de pensar que iba a terminar descuartizada en un callejón de LA. El lugar dónde me había citado era el estudio de su banda. Debí darme cuenta desde el principio de que yo me estaba imponiendo a todo esto cuando ni siquiera se ofreció a cargar mi maleta, mucho menos recogerme de la maldita estación de tren, pero yo estaba feliz de estar ahí con él. El hombre más guapo que había visto en mis ahora 18 años de vida. Lo que siguió fue la semana más incómoda de mis 18 años de vida. Él casi ni me dirigía la palabra. Su roomate era con el que más conviví. No me llevó a conocer absolutamente nada. La rutina era despertar y ver tele, comer algo, ir a su estudio a verlo ensayar con sus amigos y emborracharnos. Y así consecutivamente. El cierre con broche de oro fue el último día que estuve ahí cuando probé la marihuana medicinal por primera vez mientras veíamos 8 Mile y me dio el peor malviaje de mi vida. Creí que me iba a morir y no podía hablar. Y él no me hablaba. Tampoco se ofreció a llevarme de vuelta a la estación cuando me fui. En resumidas cuentas no resultó ser la historia de amor que yo me había imaginado.

El tiempo pasó, como pasa todo. Seguimos siendo amigos hasta la fecha y la vida nos llevó a trabajar juntos. La vida siempre tiene otros planes, recuérdenlo. Y finalmente un día hablamos de ese viaje y me dijo “¿Qué esperabas, Alexis? Una niña que apenas conozco me habla y me dice que viene a verme. Y luego mi roomate me contó que le dijiste que yo era el amor de tu vida y que te querías casar conmigo. Tenía 21 años. ¿Qué esperabas?”. Y la verdad es que tenía toda la razón. Mi único fundamento para pensar que ese hombre era el amor de mi vida es que era guapo. Nada más. Absolutamente nada. Ni siquiera sabía si teníamos algo en común. Y creo que más allá del trabajo y la fiesta, no lo tenemos y nunca lo tuvimos. Lo adoro y es un gran amigo pero le doy gracias a Dios de ya no tener 17 años y basar mi significado del amor en unos ojos bonitos y nada más.

En aquél momento él era el amor de mi vida. Él era mi idea del amor. Un hombre guapo. Y ya. Con cada relación, con cada encuentro, uno va aprendiendo más sobre el mundo y sobre uno mismo. No me arrepiento de haber hecho ese viaje ni de haber luchado por un amor que definitivamente nunca existió. Eso es lo que haces cuando eres joven y tonto. Es divertido y te hace sentir vivo. Pero hoy en día mi definición del amor es muchísimo más extensa que eso.

Hoy en día, a mis 27 años de vida, el amor significa un hombre que me guste más que nadie. Que sea el más guapo del mundo para mí. No importa lo que los demás piensen al respecto. Alguien que es sensible y talentoso, inteligente. Alguien con quién puedo quedarme platicando durante horas y sentirme igual de tranquila cuando no hay de qué hablar. Un protector, un cómplice. Alguien con quién hacer un pequeño refugio dónde nadie más puede entrar. Esa persona con la que quieres irte a casa cuando la fiesta se ha terminado. La persona a la que conoces perfectamente y te conoce perfectamente y, a pesar de todo eso, quieren seguir estando juntos. Eso es amor para mí. Hoy. Ya veremos mañana.