“Encuentro en el espejo” un cuento de Christiane de Anda @doniacuca

 

Al despertar, no había nada, ni nadie.

Estaba solo.

Estaba obscuro.

Estaba perdido.

Gritó a los cuatro vientos, y nada ni nadie.

Lentamente comenzó a caminar.

Podía sentir la tierra seca debajo de sus pies, entre sus dedos.

El polvo lo colmaba todo. Un viento caliente lo movía en círculos llenando todo de tierra, resecando aún mas lo ya seco hasta suspenderlo y pegárselo en la cara.

Gritó hasta que se le acabó la voz, buscando alguna luz, alguna dirección, algún susurro que le dijera a dónde ir o qué hacer.

Y nada. Nadie.

Apretó su gabardina y soltó una lágrima en el suelo marchito.

Cayeron dos gotas mas; tres, cuatro, diez, veinte y mil. Como si el Abuelo del Cielo hubiera tumbado de un manazo la presa donde guarda el agua, una ola le cayó encima empapándole hasta el alma.

Estaba miserablemente mojado, solo y triste.

Y mientras llovió, lloró.

Una niña le rozó la mano como una mariposa y el hombre se abrazó a sí mismo.

Una luz caliente titiló dentro de su pecho; dejó de llover.

La misma luz apareció frente a sus ojos bailando hasta que se le vino a parar en la nariz. Un caballito de luz de ocho patas y luego dos y tres, cuatro, diez, veinte y mil: una estampida de luces volando en espiral como escuelas de peces flotando en el aire.

La figura de la niña se transparentaba de repente entre las luces pero él no la podía ver.

Los caballos echaron la carrera al techo estampándose cual moscas en la bóveda celestial, iluminándolo todo.

Había estado ahí todo el tiempo, debajo de él: un camino recto y lleno de lodo.

Entonces escuchó la voz de la pequeña:

⎯Sigue caminando⎯, le ordenó.

⎯¿Quién eres? ⎯ respondió él, dando una vuelta completa esperando encontrar a alguien o algo; pero nada, nadie.

⎯Sigue caminando⎯ repitió la voz de la niña.

Obedeció; después de todo, la voz de una niñita en su cabeza era mejor que nada o nadie.

Las ahora estrellas giraban en el cielo, caminando hacia la nueva noche, jalando el Sol que asomó la cabeza por el horizonte secando los charcos que hacían del caminar mas un nadar.

De un segundo al otro, de la poca agua estancada que quedaba, brotó una pequeña planta que creció y creció y con ella dos y tres y veinte y cien; primero eran arbustos y en seguida árboles ya.

El buen hombre no veía la salida, un laberinto de ramas lo atacaba y empezó a correr.

Un bosque interminable de titánicos Beobabs se desdoblaba rápidamente amenazando con aplastarlo o llevárselo de nalgas hasta el fin del cielo. Cada paso desaparecía el piso convirtiendo la carrera en un brincoteo cabral.

***

Estaba sentada en la piedra de siempre: una roca grande y esférica a la mitad de su jardín submarino, viendo el espejo del cielo.

Jugueteaba con sus caballos mientras los dragoncillos le contaban una historia más: otro cuento de hombres buenos y árboles gordos, de aire y de sol, de resequedad.

Tenía un lindo pasto de algas y arbustos de corales de mil colores, cuatro paredes que cambiaban emulando los patrones de su humor, decoradas con conchas y caracoles.

Con ella vivían mil ciento once peces de distintos colores, dieciocho caballos de mar y tres dragones que dormían encuevados en su pelo; dos pulpos y una tortuga tan vieja que parecía una roca grande y esférica a la mitad del jardín.

El techo era un espejo que de día brillaba caliente y amarillo y de noche titilaba tranquilo meciendo el agua.

Su piel era blanca como la arena, su pelo nadaba libre e interminable como las olas.

Ella vivía para su mundo: pintando con caracoles las paredes, recortando pastos de algas y arbustos de corales; su corazón vivía en un lugar distinto.

Su alma caminaba en las historias que le contaban los dragones de mar: el mundo donde no todo estaba mojado, donde sus piernas largas y pálidas servían para ensuciarse los dedos de polvo al tostarse bajo el Sol. Ese mundo lejano, inalcanzable, escondido.

Una mañana nueva, aunque exactamente igual a las demás, escuchó una risa enana y una voz:

⎯El espejo no es real⎯

Ella lo ignoró. A veces el runrún de las olas engañaba haciendo parecer como si hablara alguien; especialmente cuando se sentía mas sola; pero nunca tan claro y nunca dos veces igual.

⎯El espejo no es real⎯,repitió.

Ella nadó rápidamente hasta su cama, se cubrió la cabeza con la almohada de peces y se decidió a dormir.

En el sueño vio a un hombre corriendo.

Y la voz entre risas de un chiquillo que decía

⎯El espejo no es real.⎯

Se despertó de un brinco y nadó hasta el espejo.

Nunca lo había tocado.

Ahora que lo pensaba nunca había estado tan cerca de él.

Estiró la mano y…

***

⎯Deja de correr, tontito.

No importa que tanto corras, vas a terminar siempre en donde tienes que estar⎯, le dijo la niña.

Se paró en seco; inmediatamente una rama lo tomó del cinturón y se lo llevó hacia arriba. Creció y creció con él colgado como chango, de la cola, hasta atravesar las nubes y súbitamente detenerse.

Estaba atrapado en la copa de un árbol tan grande y plana como la sala de una casa. El nido perfecto para un dragón, excepto que no había dragón ni nada, solo él y la niña que no podía ver. Tan lejos del piso que no se atrevía a asomarse si quiera. Así que ahí se quedó: comiendo la fruta del árbol, tomando agua de lluvia, durmiendo entre ramas; creando pequeñas esculturas con sus nueces, haciendo amigos con sus bichos.

Y ella, la de la vocecita, quien todavía no nacía pero sin duda existía, sentada junto a él todo el tiempo, esperaba que hiciera algo, que gritara, se asomara, o tratara de bajar. Nada… y por eso, nadie.

⎯Asómate⎯, le dijo un día.

⎯¿Me asomo a qué?⎯

⎯Asómate y puedes ver el mar⎯, respondió seductora.

⎯¿El mar? Nunca he visto el mar. Siempre sueño con tocar el mar⎯ musitó y, sin poderlo resistir, asomó la cabeza al tiempo que la pequeña niña le metió el piecito haciéndolo tropezar y salir volando.

Cayó de rama en rama, como un trapo mojado lleno de hojas y frutas aplastadas.

Siguió cayendo, rodando, atorándose y zafándose por la pura gravedad y entre mas caía se dio cuenta que si se soltaba no le dolía tanto, y si se hacía bolita del miedo solo rebotaba violentamente; hasta que derrotado, se entregó a la pura física, rezando por sobrevivir.

Terminó el árbol y no se detuvo; sin saber si algún día terminaría de rodar, pensó en el mar.

Todo sucio y derrotado finalmente aterrizó. Tocándose todo el cuerpo, incrédulo de estar vivo, se levantó lentamente y al dar la vuelta lo vio: la cara del Sol sonriente; enorme, rojo, amarillo, caliente y a sus pies, el mar.

Se acercó lentamente , una alberca de mar entre rocas se abría frente a él, majestuosa.

Él tocó el agua.

Ella atravesó el espejo y encontró su mano.

Ella entró en el mundo con el que siempre había soñado y él la encontró a ella; el mar que finalmente había alcanzado.

Inmediatamente se reconocieron.

Nunca más se separaron.

La pequeña niña mandona y el chiquillo risueño se sentaron tomados de las manos a ver el atardecer… y todos los amaneceres y atardeceres que les faltaban hasta el momento de nacer y volverlos a ver.