“It´s a Selfish World” por Alexis de Anda @alexisdeonda #Hello DF #México

Una de las cosas que yo más amo en este miserable mundo es Instagram. Es la única red social a la que aún le dedico tiempo y esfuerzo con un gusto infinito. Ahora que he rebasado los diez mil seguidores sigo sintiéndome igual de sola que cuando tenía uno. Pero me parece un buen momento para reflexionar al respecto de una aplicación que refleja gráfica y casi inmediatamente el momento que estamos pasando como sociedad.

Cuando lo saqué ni siquiera tenía un celular con el que pudiera subir fotos, tenía un iPad sin cámara y sólo agarraba fotos mías viejas y las subía con distintos filtros que, según yo, se veían muy “artísticos”. Hice esto un par de veces sin mayor éxito. Utilicé mi Twitter para colgarme de su fama y recomendarle a mis seguidores que también me siguieran en Instagram. Así es como algunas personas me empezaron a seguir y esos benditos corazoncitos comenzaron a aparecer en mi vida. “Like, like, like…” ¡Me sentí vuelta a nacer! Me sentí como en aquellos viejos tiempos de MySpace en los que sólo valías la cantidad de likes y comentarios en tus fotos. ¡Atención de completos extraños y gratificación inmediata! ¿Qué más podría pedir?

Siempre he buscado validación a través de mis redes sociales. Aún soy conocida por algunos de mis más viejos amigos como “Piscuis de MySpace”, por lo cual no era ninguna extraña a las selfies. Porque cuando tienes diecisiete años y eres emo tu vida gira alrededor de pasar horas en tu baño tomándote fotos con una camarita digital para dar la ilusión de ser oscura y misteriosa aunque sólo seas una adolescente escuchando a Simple Plan con nada mejor qué hacer que encerrarse en un baño con una cámara. Perfeccioné la selfie de MySpace hasta volverla un arte, los ángulos exagerados en los que debía poner la cámara para verme más flaca, los gestos, la intensidad en la mirada… Hasta aprendí a quitar las toallas del baño para darle una mejor dirección de arte a mis fotografías. Los likes subían más y más cada día. ¡Oh, los años de gloria!

Suena un poco ridículo a la hora de escribirlo pero desde las épocas de MySpace yo sabía que iba a ser alguien. (Esa es la frase más idiota del mundo porque todo el mundo es alguien, pero saben a lo que me refiero.) Sabía que estaba destinada para grandes cosas. Los años pasaron y la tecnología mejoró y entonces llegó Facebook y Twitter y, finalmente, Instagram. Mi hambre por atención seguía creciendo y entonces mi vida llegó a un parteaguas, un antes y un después… Compré mi primer iPhone.

Ese fue el momento en el que todo cambió. Estoy segura de que se pueden relacionar con eso. El momento en el que tienes tu primer iPhone y ya eres parte de ese club tan “exclusivo” en el que puedes llevar una vida paralela, una vida virtual, en la que todo es tan perfecto como tú quieres que lo sea. Un mundo en el que puedes enterarte de absolutamente todo lo demás que está pasando en el mundo en cuestión de milisegundos. ¡Bienvenido a la matrix! Entonces comencé a atiborrar mi Instagram de selfies. Una foto de mi cara tras otra, tras otra, tras otra… Era lo único que me importaba. Que me vieran a mí, ¡A MÍ! Gustarle al mundo entero. Los likes eran pocos pero consistentes. Entonces empecé a encontrar la belleza a mi alrededor. “¿Cómo? ¿Lo único bonito en este mundo no es mi cara?” Fue un golpe duro con la realidad. Y entonces empecé a fotografiar a mis gatos, platos de comida, mis amigos, jacarandas… Pero cuando subía la selfie… ¡Ese era mi momento de gloria! Los likes se duplicaban, ¡se triplicaban! Hasta la fecha, y a pesar de que mis mejores fotos son de otras personas, la selfie es una tentación demasiado difícil de resistir.

Hubo momentos tristes y oscuros. Claro que los hubo. Cuando me robaron mi iPhone y tuve que comprar un smartphone de tercera con una cámara de pésima calidad. Tuve que abandonar mi amada red social por unos meses hasta que un amigo me vendió otro iPhone. ¡Pero tenía la cámara rayada! Todo salía con un soft glow, un aire místico, como una porno del Golden. Aún así seguí subiendo mis selfies, buscando la manera de hacer cada una única y distraer a la gente de mi narcisismo. Los seguidores han seguido subiendo. Las selfies han disminuído porque he descubierto que hay cosas mucho más interesantes que fotografiar. Hay momentos que capturar, gente hermosa que capturar, imágenes que te matan de la risa, recuerdos…

Tal vez me estoy tomando Instagram demasiado en serio pero hoy en día hago un recuento de los años y agradezco haberme obsesionado tanto con esta red social. Tengo un álbum de los últimos cuatro años de mi vida en la palma de mi mano y puedo revivirlos todos con tan solo deslizar un dedo en la pantalla. También me mantengo al tanto de la vida del resto del mundo, desde mi hermana hasta la hija de Mick Jagger. Me hace sentir más conectada, me hace sentir que conozco un poco más a la gente. Las imágenes tienen un poder increíble. Y ESTOY ES LO MÁS HIPSTER QUE HE DICHO EN MI VIDA: ¡Instagram me ha hecho una mejor fotógrafa! (Ya pueden ir a vomitar.) He aprendido a refinar mi ojo en cuanto a las cosas que quiero capturar y ha nacido en mí el interés de tomar una cámara real y tomar fotos en serio.

Por supuesto que ninguna obsesión es buena cuando está llevada al límite y hay días en los que tengo que regañarme a mí misma porque llevo media hora viendo selfies de las hermanitas Jenner. Uno tiene que vivir su vida en vez de estar viendo fotos de las vidas de otros. Pero es increíble poder compartir tu vida con absolutos extraños que, a su vez, sólo quieren atención.

Al final del día, Instagram sólo es un espejismo. La gente cree lo que uno quiere que crea. Todos vemos las fotos de los famosos y aspiramos a subirnos a ese jet privado, estar en esa alfombra roja y viajar a esas playas paradisiacas. Pero eso no significa que la cara que te sonríe desde la foto realmente sea feliz. Todos queremos hacer nuestra vida mucho más perfecta de lo que realmente es, ¡y qué bueno! Yo quiero hacer de mi vida una pieza de arte pero quiero que la sonrisa que quede plasmada en mi selfie siempre sea una sonrisa verdadera.

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