Jaime Sabines por Rafael Martínez de la Borbolla @rafaborbolla

 

JAIME SABINES
Rafael Martínez de la Borbolla @rafaborbolla

Para mi amado hijo Rafael Martínez Sánchez Cid, la poesía corre por tus venas, que el amor este siempre presente en tu vida y te enamores mucho, pero mucho de tu Musa…

“Me tienes en tus manos y me lees lo mismo que un libro. Sabes lo que yo ignoro y me dices las cosas que no me digo”. Jaime Sabines.

Si no existieran los enamorados los hubiera inventado Jaime Sabines quien nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926. De padre de origen libanés, el Mayor Julio Sabines, y madre chiapaneca, doña Luz Gutiérrez, el autor de “Los amorosos”, “Otra Carta”, “Te quiero porque tienes”, “Espero curarme de ti”, “Me dueles” y “No es que muera de amor”, definió de manera simple, emotiva, sincera y franca ese sentimiento que nos quita el sueño, nos hace volar, reír y llorar para ver al mundo de distintos colores: El Amor.

Luego de concluir sus primeros estudios, en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, a los 19 años, el joven se trasladó a la Ciudad de México y se inscribió en la Escuela Nacional de Medicina (1945), donde permaneció tres años antes de abandonar la carrera. Su interés por la literatura lo llevó a estudiar lengua y literatura castellana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y fue becario especial del Centro Mexicano de Escritores.

Dijo Sabines respecto a esos años y el aprendizaje del escritor: “me hice poeta sin haber escrito una línea, como todos. Uno nunca escribe si de verdad quiere hacerlo, hasta que ha logrado una voz personal, una voz propia como signo de verdadera madurez, o de principio de madurez al menos. Antes, todo son influencias. Ahora lo que hay que hacer es no huir de las influencias, sino digerirlas.“

En 1950 escribió su primer volumen de poesía “Horal”, el cual reveló a un autor cuya obra destacaba por una intensa sinceridad y por sus variaciones, en ocasiones escéptica, expresionista otras, y cuya transmisión literaria se logra a costa incluso del equilibrio formal.

El poeta escribía de una manera simple ideas complejas y la gente lo podía entender identificándose con ellos, libraba la repulsión generalizada de la sociedad sobre la poesía, sólo alguien que ha amado profundamente puede expresarse así del mundo que le rodea y agradecerlo como si fuera el regalo más grande.

Setenta y dos años después de que viera la luz en Chiapas, Sabines murió un 19 de marzo de 1999 en la Ciudad de México dejando tras de sí una estupenda obra, La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1956), Diario semanario y poemas en prosa (1961), Poemas sueltos (1951-1961), Yuria (1967), Tlatelolco (1968), Mal tiempo (1972), Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973), Otros poemas sueltos (1973-1994), Nuevo recuento de poemas (1977), Los amorosos: cartas a Chepita, un libro con una recopilación de los momentos día a día del Poeta en la década de los 50`s, entre los que destacan las cartas que le enviaba a su amada Chepita, en él podemos olfatear su enamoramiento, lujuria, obsesión, contradicción, miedos, sus demandas y sus deseos futuros.

El Poema se da o no se da en el momento que se escribe, aunque esta regla no la consigna Sabines cómo fórmula. De hecho reconoció que algunos de sus amigos escribían un poema y luego se encerraban y lo reescribían veinte veces; eso también es legítimo. Pero el autor chiapaneco prefería borrarlos o eliminarlos si no le gustaban. Por cada libro que publicó hay una serie de poemas que se guardó; sólo la quinta parte de lo escrito fue publicado, lo cual refleja la rigurosidad y la exigencia del escritor.

La Musa es inaccesible por naturaleza, es la justificación para escribir. No la posee nadie y es Ella quien se apropia del alma del poeta, se hace poesía y se presenta como mujer en carne y hueso, inmediatamente se transforma en huracanes en sus escritos, el poema nace con alma y por lo tanto alcanza a tocar almas. La poesía para Sabines se funde en la mujer; su cuerpo, la soledad, el amor y el desamor; son el centro de su existencia y de su obra. En su poema “Otra Carta” el Maestro define con una claridad y franqueza que produce euforia, lo que los hombres sentimos por la mujer amada, es el canto al amor verdadero, comprometido y reciproco. Mago de la palabra, desde las primeras líneas destaca su honestidad que de manera firme y contundente nos impacta:

“Siempre estás a mi lado y yo te lo agradezco.
Cuando la cólera me muerde, o cuando estoy triste
—untado con el bálsamo para la tristeza como para morirme—
apareces distante, intocable, junto a mí.
Me miras como a un niño y se me olvida todo
y ya sólo te quiero alegre, dolorosamente.”

La Musa de Sabines es Josefina, su mujer que se convirtió en fuente de inspiración para fortuna de todos nosotros, comenzó de un reencuentro con Chepita, a la cual conocía desde la infancia, Jaime le escribió su primer poema “Josefa como tu nombre, como yo…” el cual nunca se publicó, no había vuelta atrás, conforme creció el enamoramiento surgieron los escritos, un centenar de cartas, bellísimas poesías y así surgió la leyenda.

En su poema “Los amorosos” quizá uno de los más recitados en la historia de la poesía y con el que personalmente, además de ser mi predilecto, más me identifico, aparecen los trenes que se despiden, los gallos en la madrugada, la soledad, la angustia, el hecho de que el amor no puede ser permanente sino frágil; los alacranes en las sábanas, la sabana que flota como sobre un lago, temas que se reconcentran en la soledad; hablan de la soledad del hombre y de su amor. De ese amor que tiene que ser renovado perpetuamente a través de una mujer y de otra, a través de un hijo y de otro, de una soledad y otra.

En su poesía aparece la revelación en medio de la redención que ilumina profundidades. Profecía y verdad, experiencias aparentemente mundanas que al final es la diferencia entre felicidad e infelicidad; es la vida misma, llevándolo a unir finito con lo infinito, lo eterno con lo temporal, a comprender que la iluminación de las partes perdidas solo pueden reaparecer con la luz que da el sentimiento.

Los amorosos

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

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